Nivel de la conciencia de la esperanza humana

 En la conciencia (como autopresencia del propio “Yo”), vista como experiencia interior del propio ser, constitutiva y reveladora del espíritu, el hombre vive también la insuprimible experiencia de su propio límite. En la conciencia de sí mismo, él no alcanza la perfecta coincidencia para consigo mismo, no alcanza la plenitud, la pura conciencia de sí mismo. La subjetividad del hombre hace de él un ser con una estructura fundamental de espíritu finito y limitado. De la conciencia de esta finitud y de este límite, nace en el hombre su radical inquietud y la tensión insuprimible hacia su creciente realización (Zavalloni: 1995: 13)

En el artículo 1 de la Cuestión sobre la Esperanza, Tomás de Aquino trata de la esperanza humana, de la esperanza de este ser finito que no se conforma con su finitud y anhela un bien mejor; y, en concreto, de lo siguiente: ¿qué es lo que realmente ejercita en el hombre la acción de esperar? Dentro del hombre, ¿qué es lo que espera? Puesto que la esperanza anhela un bien futuro, en la estructura psicofísica del ser humano esperarán aquellas “facultades” cuya actividad consista en apetecer lo futuro: el apetito sensible y la voluntad. Tomás nota que el sujeto de la esperanza teologal no puede ser el apetito sensitivo, que se dirige a bienes concretos y no va más allá de los bienes corporales o materiales, sino la voluntad (facultad apetitiva de la razón) que se dirige al bien en cuanto bien. Ella es el «sujeto» propio de la esperanza teologal (Gelabert, 2008: 442)

El desarrollo lógico de nuestro razonamiento exigiría afrontar ahora la tarea de individuar los comportamientos-tipo conformes con la humildad, y que llevan al sujeto a la comunión con Dios y con la dignidad de persona del prójimo. El fruto principal del comportamiento éticamente racional es, por definición, una realización cada vez más perfecta del ideal de la beatitud. En la medida —escasa— en que resulta posible hacerlo, podemos describir esta situación del hombre como un vivir que se caracteriza por la peculiar alegría y paz interiores, por la quietud y sensación de apagamiento de las más profundas aspiraciones personales que proceden de la conciencia de encontrarse en comunión con Dios y con la dignidad de persona del prójimo.

Sin embargo, quizá alguno, basándose en su propia experiencia, podría preguntarse: ¿pueden verdaderamente esta alegría y quietud interiores darse de forma plena en la vida intramundana? En parte sí y en parte no, debe responderse. El porqué de esta parcial negación lo conocemos ya: la beatitud es, en nuestras actuales circunstancias, el fruto de una ascética, de un camino que implica la renuncia a algunos de los elementos secundarios de la felicidad, y la posibilidad de progresar continuamente hacia una comunión cada vez más perfecta con los valores superiores. Por ello, en la situación presente, el verdadero fruto de la vida buena es un «ya, pero no todavía» de la beatitud.

Pero, ¿en qué sentido hemos de responder afirmativamente, sostener que es posible «ya» la beatitud? En el sentido de que la «parte» de beatitud que no se ha alcanzado todavía, no le es del todo ajena a quien se esfuerza por vivir bien: quien así se comporta vive el «no todavía» de la beatitud de un modo particular, ciertamente no actual, pero tampoco como mera posibilidad, que se suele llamar esperanza.

Fenomenológicamente, la esperanza es la conciencia de moverse hacia una felicidad de grado superior a la actual. Ahora bien, esta conciencia ejerce un influjo determinante sobre la cualidad de nuestra felicidad actual. Como escribe R. SPAEMANN, «en la conciencia cotidiana media nos sentimos a nosotros mismos, por así decir, como flotando «en la corriente del tiempo». Mas para nuestro modo de sentirnos en el presente hay una gran diferencia, respecto a nuestro bienestar, entre que vaya hacia arriba o hacia abajo. El valor efectivo de los momentos de la vida se suma siguiendo la dirección que lleva a una «suma de felicidad». De igual forma, tampoco juzgamos la calidad de una vida sin tener en cuenta si el hombre sigue un desarrollo hacia lo mejor o hacia lo peor» (cfr. Felicidad y benevolencia, cit., pp. 75-76) (Chalmeta, 2000: 47-48)

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