Planos analíticos de la esperanza humana
En el primer
plano se consideran las dimensiones fundamentales de la existencia: la
conciencia, la libertad, la temporalidad e historicidad, la relación con los
otros y con el mundo. En el segundo plano, se toma en cuenta la muerte como
experiencia radical que limita la tensión del hombre hacia el futuro y,
justamente en este sentido, postula el desmandamiento y evidencia que el núcleo
más íntimo del ser humano lo confirma su insustituible aspiración a vivir (Zavalloni:
1995:12).
La esperanza es intrínseca al hombre. Íntimamente ligada al esfuerzo constante
del hombre por vivir, por obrar y realizarse, la esperanza pulula en el corazón
de todos. Los hombres de edad y de saber esperan mucho, poque la experiencia
les permite emprender muchas tareas que a otros parecerían imposibles. Además,
en el curso de una larga vida, ¿cuántas veces no han visto producirse lo
inesperado? Pero la gente joven está llena de esperanza por la razón
inversa. Como tiene poco pasado y mucho porvenir, tiene poca memoria y mucha
esperanza. El ardor de una juventud que todavía no ha sufrido fracaso le hace
creer que nada es imposible (I-II, 40, 6 ad resp.) (Gilson, 2002: 362)
Como queda visto, la esperanza está siempre determinada de un modo decisivo por la índole del motivo en que se apoya. Motivos como la evolución cósmica o el determinismo social, por ejemplo, introducen una visión impersonal, donde la esperanza, en el fondo deja de ser verdaderamente humana, para sumergirse en el entramado de leyes objetivas que eclipsan o incluso oscurecen el rol de la libertad (Torres, A. 2005b: 229-245).
Nada más lejos de esto que el
estilo de la esperanza bíblica, toda ella apoyada en la confianza en un Dios
que es fiel y que, entregando sin reservas su amor y su apoyo, respeta, sin
embargo, la opción de la libertad, no forzando jamás su acogida.
Son incontables las ocasiones en
que los Salmos hablan de Dios como “refugio y fortaleza”, como “amparo y
protección” que alimenta la esperanza incluso en las circunstancias más
extremas: “aunque camine por sendas de muerte”, dice el Salmo 22/23; y de
manera sublime, tras una crisis en la que ha estado “a punto de resbalar”, lo
expresa el 73: “¿Quién hay para mí en el cielo? / Estando contigo no hallo
gusto ya en la tierra. / Mi carne y mi corazón se consumen: ¡Roca de mi
corazón, mi porción, Dios por siempre!” (vv 25-26) (Torres, 2005b: 246)
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