La relación de la Esperanza con las otras virtudes
Volvamos a considerar los tres caracteres principales del bien hacia el cual se mueve la pasión de la esperanza: ese bien es futuro, arduo y posible. No rebasa las posibilidades del que espera, pero con su elevación y su dificultad le obliga a emplearse en un combate duro y áspero.
La pasión de la esperanza, esforzado
movimiento hacia el bien, combativa extensión del alma en busca de su propia
perfección (In III Sent., d.26, q.1), requiere amplitud y calor en el corazón
del esperante, exige cierto levantamiento de ánimo (I-II q.37, a.27; q.25,
a.1); suscita audacia (I-II, q.45, a.2 y 3) y la ira (I-II, q.46, a.1; q.48,
a.1)
Nada más lejos de la mente de Santo
Tomás que la tendencia a concebir la esperanza como una aspiración quieta y
contemplativa, platónica. La pasión de la esperanza, en suma, hace del homo
viator, simple caminante desde su nacimiento hacia su muerte, un homo pugnator,
un resuelto combatiente hacia su propia grandeza (p. 89)
Ahora bien, la esperanza natural es
una pasión, no una virtud (I-II, q.62, a.3)… Una conclusión se impone: para que la pasión de la esperanza sea
verdaderamente “humana”, será necesario que se racionalice por participación y
se orden armoniosamente en el ejercicio de la virtud moral (I-II, q.59,
a.4). Esta virtud es la fortaleza; y, precisando más, la magnanimidad.
La magnanimidad, virtud moral y
humana, regula la pasión de la esperanza, tanto para evitar su movimiento hacia
bienes que no traigan al hombre grandeza y perfección verdaderas, como para
impedir que, empeñándose irracionalmente en la conquista de bienes imposibles,
caiga en el fracaso y se trueque en desesperación. Gracias a la magnanimidad,
el movimiento del apetito irascible transcurre conforme a un ordo rationis (p. 90)
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