LA COMPRENSIÓN DE NUESTRO LUGAR EN EL MUNDO. Sobre el sujeto escolapio (2)

 

La historia personal como marco referencial del contexto de realización humana implica un proceso de comprensión; es decir, de hacerse cargo del devenir histórico y de los criterios de la narrativa que explicitan nuestro horizonte de sentido. En todo ello juega un papel importante el procesamiento de la información que nos resulte pertinente, apropiarnos de los elementos históricos, sociológicos, culturales, económicos, religiosos que hilvanan nuestra generación nos permitirán tener mayor comprensión de nuestro lugar en el mundo.

 

El término «comprender» deriva del latín cŭm, «con», y prehěndere, «tomar». El significado etimológico es por tanto «tomar unido» «con-tener». Del término «entender», sinónimo de comprender, se deriva «intención», que traduce el término griego éntasis, «trabajo», «esfuerzo».

 

En conclusión, comprender es una operación mental fruto de una elaboración activa por parte del sujeto, tanto en la fase de recepción como en la de mantenimiento. Si se quiere «entender», es decir: «contener», ser «capaces», no basta con adquirir conocimientos de una vez por todas, sino que, si se quiere conservar estos conocimientos, es necesario repetirlos y aplicarlos.

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Por lo que comprender la historia de un colectivo y la historia personal, como parte del mismo implica un esfuerzo sostenido de indagación y apropiación de lo acontecido. Existen, según Morín (2001), dos tipos fundamentales de comprensión: la «comprensión intelectual», que se puede asociar a «conocimiento» y la «comprensión humana intersubjetiva», más próxima al concepto de «saber». Nos referiremos inmediatamente a la primera:

 

La comprensión intelectual

Un discurso fundado en la comprensión no puede, por tanto, más que partir de sus condiciones de posibilidad, lo que equivale a una consciencia de sus límites y condicionamientos. Éstos, como hemos visto, son de distinto tipo: hay condicionamientos pragmáticos, utilitaristas, que convierten la selección en tendenciosamente selectiva. Con una fórmula, podríamos decir, que com-prender tan sólo lo que me es útil. Pero incluso el acercamiento que hemos definido como hermenéutico no está en absoluto exento de límites y condicionamientos (p. 27).

 

Los esquemas mentales son, en la práctica, estructuras dinámicas de codificación. La activación de un esquema permite, de hecho, reconocer –en las situaciones más familiares de un modo automático; es decir, sin necesidad alguna de algo que atraiga nuestra atención- la información que nos llega, y nos pone a disposición incluso de respuestas adecuadas (p. 29)

 

Por lo tanto, para interpretar aquello que vemos, leemos o escuchamos, y más aún, para movernos por el mundo, debemos tener mapas que nos orienten. En la práctica, nos movemos dentro de nuestras representaciones, que Watzlawick (1976) define como mapas cognitivos, es decir: modelos de conocimiento sobre los que fundamos nuestra relación con el mundo. Tenemos mapas, sobre todo, desde los más generales que derivan de nuestro ser occidentales u orientales, hombres o mujeres, blancos o negros, hasta los más específicos, como ir de noche por la ciudad o jugar a fútbol. La comunicación consiste en superponer una parte de nuestro mapa cognitivo al de nuestro interlocutor (p. 30)

 

Nuestros mapas cognitivos, que sirven para darle un sentido a las cosas, para interpretar y verificar lo que acontece o lo que puede acontecer, se agrupan en verdaderas teorías. Mientras las teorías de los expertos se elaboran sobre la base de rigurosas investigaciones y se estructuran en conjuntos de conocimientos y de procedimientos explícitos, fácilmente reproducibles, nuestras teorías sobre el mundo son, como mínimo, implícitas y están basadas en el sentido común y en las creencias personales. Como son en gran parte inconscientes, aunque no por eso inoperantes, son difícilmente controlables y modificables (p. 31)

 

Estas líneas nacen de la convicción de que nuestro pensamiento está fuertemente impregnado por nuestras emociones, por lo que el manejo de las fuentes de información y la variedad de las mismas es un punto de partida clave para avanzar en el camino de la objetivación del pensamiento.


 

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