APRENDER A CONFIAR
Si nuestras creencias más
profundas se configuran en el núcleo familiar, claramente los prejuicios que
tenemos de los demás tienen que ver con las relaciones que han mantenido con
nosotros, cuando éramos niños, nuestros padres y otros seres querido.
Trigo (2012: 16) propone una
situación familiar ejemplarizante. Comienza considerando que tanto los niños
como los jóvenes no siempre dicen la verdad, sobre todo porque cuando han hecho
algo mal, temen que, al reconocerlo delante sus padres, pierdan su amor y
queden en situación de orfandad afectiva. Para ellos, conservar el aprecio de
sus padres es más importante que la misma verdad. En esas circunstancias, los
padres tienen la oportunidad de hacerles ver que lo que más estiman es la
confianza que han depositado en ellos, ya que su amor es incondicional.
En este ejemplo –expone el autor-
queda patente que la fe que tienen los padres en sus hijos es la mejor palanca
para que ellos desarrollen una personalidad integradora. Los padres creen en
sus hijos, no porque sean dignos de confianza, sino porque creen que algún día
llegarán a serlo.
Pero una fe incondicional no es
lo mismo que una fe ciega, los padres aprovecharán cada oportunidad para
hacerles ver lo que más les conviene y lo que es posible le haga daño. En este
sentido, dar confianza a los hijos orienta a una educación más humanizadora.
Como vamos diciendo, el amor es
lo único que puede mover a confiar en otra persona. No se trata de un amor
sentimental, sino el amor entendido como opción; se trata de vivir abierto a
los demás, estar descentrado de sí mismo, buscando hacerle el bien desde el
respeto básico a la dignidad humana, que incluye la libertad (Idem).
“Después de lo dicho hay que reconocer que, aun en el mejor de los casos, la relación intersubjetiva es en cierto modo patética. Ante todo, porque el amor y la confianza mutua no salva de malentendidos y desencuentros dolorosos, aunque capacita para procesarlos; pero sobre todo, porque el amor humano no es omnipotente, no es capaz de preservar de las contingencias de la vida ni incluso de los fracasos, aunque, insistamos, sí puede contribuir a que sean vividos humanizadoramente” (Trigo, 2012: 17)

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