LA FE DE DIOS EN NOSOTROS

 



Al aplicar lo que llevamos dicho a Dios, tenemos que referirnos en primer lugar a su relación con nosotros. El dato fundamental es que hemos sido puestos en la existencia por amor. Dios, que nos conoce absolutamente y sabe que somos de barro, ha puesto su confianza en nosotros.

Comencemos por su amor. Si la creación fuera obra de un ser poderoso y sabio, nada sabríamos de los designios de esa inteligencia poderosa que nos pone en la existencia; por el contrario, la creación es una relación constante de amor, un amor que incluye la fe en los que crea y así los personaliza. Po eso nos da siempre una nueva oportunidad; nunca se resigna a que no seamos dignos de él. Esto es así porque nos ama de una manera absoluta.

Hemos insistido que en una familia bien constituida los padres confían en sus hijos con una decisión inquebrantable, fruto de su amor; y que esa confianza va consolidando la personalidad del niño, del adolescente y del joven hasta llegar a ser un adulto confiable. Ahora afirmamos que eso es lo que hace de modo absoluto Dios con nosotros. Dios se entrega, en verdad, a cada uno de nosotros, se pone realmente en nuestras manos.

No es que nosotros podamos hacer con Dios lo que nos da la gana, como podemos hacerlo con los seres humanos, pero sí en el sentido de que lo que hagamos a él lo afecta realmente. No lo podemos cambiar, pero si afectar.

Esto fue lo mismo que hizo Jesús de Nazaret con todos, empezando por los pobres y los pecadores, que se veían a sí mismos como no dignos de confianza. Esa fe depositada en ellos, los hizo levantarse de su postración, de ponerse en pie y de movilizarse. Les dio la consistencia y dignidad que, los que basaban su poder en su condición subalterna aceptada, no dudaron en quitar a Jesús del medio para que no se consolidara el cambio.

En su relación con nosotros Dios nunca busca prevalecer como el absoluto; por el contrario, se nos muestra como alguien encontradizo, alguien pendiente de aquellos a los que ama.

Comenta Trigo (2012: 20) “En este sentido tenemos que afirmar que muchos ateos niegan un dios que no existe y que, si existiera, merecería no existir porque es incompatible con la dignidad humana… Desgraciadamente, no pocas veces la institución eclesiástica, ha presentado un dios como un ojo infinito que nos reduce a condición de objetos”.

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