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En el PFpN se utiliza la novela como vehículo de la educación moral. Ésta se considera un modo de comunicación indirecto que permite dialogar sobre los probleas “en tercera persona”, es decir, salvando la intimidad del estudiante y de su experiencia. Por otra parte, la novela sensibiliza con la estrecha interacción entre las dimensiones afectiva, volitiva y cognoscitiva de la vida humana. Las novelas proporcionan también modelos de investigación, modelos de cooperación y modelos de sensibilidad y cuidado a través de la comunidad “ideal” (literaria) que estimula la imaginación moral de los niños. (Tomado de: Garza, M. “La comunidad de indagación como medio de educación moral”. En Moriyon, F. (1998) Crecimiento moral y filosofía para niños, p. 139

 

La comunidad de indagación tiene como núcleo el diálogo, que juega un importante papel en la educación moral. La dimensión ética de la comunidad está presente en la estructura misma del diálogo, ya que éste se funda en el respeto al otro como persona. El diálogo es un encuentro de conciencias a través de la palabra en el que cada una de ellas recibe y aporta experiencias e ideas en un clima de veracidad, claridad, respeto y confianza, en compromiso con un quehacer común: la búsqueda de sentido.

 

Paulo Freire señala que las condiciones del diálogo son el amor, la fe, la esperanza y el pensamiento crítico; una auténtica comunidad de investigación se funda en diálogos que reúnen estas características. El amor implica el reconocimiento del otro en cuanto libre y creador: dar la palabra al otro es reconocerle el derecho de ser él mismo, de significar por sí mismo al mundo lo que, correlativamente, me significa a mí mismo como libre y creador. Dirigir nuestra palabra al otro implica asumir la propia responsabilidad sobre lo que decimos y hacemos, ya que toda palabra auténtica es transformadora.

 

La fe en los hombres posibilita un clima de confianza, veracidad y respeto entre los que dialogan. Si estamos convencidos de que los demás pueden pronunciar una palabra creadora y libre, podremos formar una comunidad de investigación en la que prevalezca la confianza y el respeto.

 

Por su parte, la esperanza no debe ser confundida con la espera pasiva; la esperanza es dinámica, es búsqueda comunitaria incesante y valiente: ella da sentido al proceso educativo a la vez que lo impulsa.

 

Y, finalmente, el pensamiento crítico, compromiso con la búsqueda incesante de verdad que se genera en la práctica del diálogo. Los participantes en una comunidad centrada en el diálogo se ven impulsados a descubrir supuestos, encontrar contraejemplos, formular hipótesis, descubrir reglas, sacar conclusiones y comprometerse con el proceso de investigación compartida en la que cada uno descubre en el otro una fuente de nuevos conocimientos, capaces de ayudarle a moderar su propio pensamiento.

 

Tanto Lipman como Freire asignan un papel central al diálogo en la conformación de la identidad individual y moral. Éste requiere de un momento de negatividad: arriesgar el propio punto de vista, hacerlo a un lado a fin de conocer el del otro. El sentido surge en este proceso continuo, intersubjetivo, histórico, contingente y riesgoso de este impulso humano para lograr el entendimiento común, la comprensión.

 

Hay ecos socráticos en ambos pensadores, ecos que se manifiestan en el valor de la palabra compartida para el conocimiento, para la consolidación de la identidad moral y para el fortalecimiento de la polis, de la comunidad. Los espacios públicos de argumentación de los que habla Freire y las aulas convertidas en comunidad de indagación que gestan al futuro ciudadano en muchos países del mundo están todos habitados por la poderosa figura de aquél que supo ser “guardián de la razón” y, por ello, paradigma del filosofar. 

 

La moralidad no se limita a conocer reglas y aplicarlas, ya que no existen reglas claras para cada situación; el niño necesita capacitarse para tomar decisiones en situaciones en las que no se cuenta con reglas. Por ello, es importante, no sólo desarrollar el pensamiento moral o saber qué hacer, sino mostrarles cómo hacerlo; sin la dimensión práctica, la educación moral estaría incompleta. Por otra parte, no basta reconocer la necesidad de la teoría y práctica: es indispensable reconocer y alentar la sensibilidad para con las necesidades y sentimientos propios y de los demás.


 

En la educación moral, hay un elemento de razonamiento, un elemento de construcción del carácter y un elemento de liberación emocional y sensibilización; un programa de educación moral debería contemplar estas tres dimensiones, y esto precisamente lo que se propone el modelo de la comunidad de indagación sustentada en el diálogo filosófico.

 

Finalmente, la educación del carácter puede vincularse a la idea de que la comunidad de indagación filosófica cultiva la razonabilidad. De acuerdo con Aristóteles, los seres humanos deberían esforzarse por desarrollar aquellos hábitos y rasgos del carácter que los guíen hacia la felicidad (fin último de la vida). Pero la felicidad, para nostros los humanos, puede llegar sólo a través de la dedicación a la actividad o a la contemplación racional, porque la razón es el aspecto esencial –a decir verdad, el mejor- de la humanidad.


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