MI LUGAR ES EL SILENCIO EN EL QUE NACEN LAS PREGUNTAS
Después de tantas palabras gastadas, que han perdido su
fuente y su energía, emerge el silencio. Generalmente lo percibimos por
contraste con el ruido. Lo que abunda es el ruido. Cuando menos, el ruido que
tapona cualquier otra realidad. El ruido es lo que impide escuchar.
Escucharnos. A nosotros mismos y a los demás. Hay un ruido exterior palpable,
pero también hay uno que se fragua en nuestro interior. De cada uno de ellos
somos capaces de darnos cuenta. El silencio, por el contrario, es la capacidad
de estar atentos, despiertos, abiertos a nuestro mundo entorno.
El silencio es un símbolo con muchas dimensiones y múltiples
estratos, que apunta, por lo tanto, en muchas direcciones. Podemos distinguir
cuatro momentos:
1ro. La anulación de las palabras. Se calla, aunque haya mucho que decir. Se calla por prudencia, cautela o miedo. Este silencio equivale a enmudecer
2do. El desconcierto de la palabra. Se calla por falta de palabras adecuadas. Se calla por desconcierto, por inadecuación o por ignorancia. Es un silencio que produce distanciamiento, que rehúye el contacto.
3ro. Insuficiencia de la palabra. Se calla porque advertimos estar ante algo inexpresable. Se calla por imposibilidad de expresar lo que se ha experimentado. Es el silencio del que se ha quedado bloqueado, sin palabras.
4to. La ausencia de palabras. El silencio, aquí, no es «estar en silencio», callar en medio del ruido.
5to. Solo en el silencio puede oírse lo divino. Tal como narra la Biblia y la liturgia cristiana recuerda en Navidad: «Mientras plácido silencio lo envolvía todo, y la noche se encontraba a mitad de su carrera, tu omnipotente palabra desde los cielos, desde le trono real, se lanzó en medio de la tierra» (Sab 18, 14-15).
El silencio es el espacio vacío en
lo íntimo de nuestro ser, el vacío que «deja espacio» a la divinización. En
este espacio vacío podemos dar acogida a la palabra, al logos que
proviene del silencio, y con ella al mismo silencio. Esta acogida solo puede
producirse de manera «virginal» La virginidad es el símbolo de la
disponibilidad al vacío, a estar vigilantes, distendidos, dispuestos a la
presencia: acoger y dejar que se encarne en nosotros, que actúe y se
despliegue. «Y la palabra se hizo carne». Este es el destino de todo hombre y
de toda palabra.
«Al principio ya existía la palabra»
dice el Evangelio, pero el Logos divino no era el principio, el origen. El
silencio es la experiencia de la «nada», de la fuente que está «antes» del
surgimiento del logos. Esta experiencia solo puede generarse en el Espíritu
Santo, es decir, en el reino trinitario de las relaciones recíprocas de
intimidad.

Comentarios
Publicar un comentario