MI LUGAR ES JESÚS QUE HABITA EN MÍ
Aún están frescas
en nuestro corazón y mente las experiencias vividas en las misiones de semana
santa. Las visitas a los hogares, el trabajo con los niños, las celebraciones
religiosas y el compartir fraterno nos hablan de ese Jesús vivo y resucitado
que habita en nuestro interior.
Hemos nacido y
vivido toda nuestra vida en un ambiente profundamente cargado de cultura
religiosa. No solo en la Escuela, sino también en la casa, los medios de
comunicación y la ciudad encontramos referencias permanentes a la fe y doctrina
cristiana.
En la mayoría de
las iglesias que conocemos se lee la Biblia y se predica el nombre de Jesús,
Señor y Salvador nuestro. Sin embargo, al examinar la coherencia entre lo que
se predica y la forma cómo se vive, observamos cierta incoherencia. El mensaje
de unidad, paz y misericordia se traduce en diversos credos, celos entre los
creyentes, y juicios condenatorios. Los hijos de Dios están divididos e incluso
enfrentados entre ellos.
Esta situación
puede estar provocada por nuestro sistema de creencias, las cuales brotan de
nuestro mundo entorno. En ellas nos movemos, existimos y somos. Las creencias
son constructos mentales complejos que nos conectan con nuestra comunidad de
origen, vida y destino.
El miércoles de
ceniza la liturgia de la palabra nos invitaba a entrar y cerrar la puerta de
nuestra habitación, y allí en lo secreto hablar con nuestro Dios. Reconocer la
presencia de Dios que habita en mí, exige un ejercicio de apertura y escucha al
cual no estamos acostumbrados.
Dios es “más
interior que lo más íntimo mío”, dice san Agustín. Esa presencia de Dios en lo
más íntimo de mí mismo no es fácilmente detectable porque no estamos habituados
a estar en contacto con nosotros mismos. Bien sea porque nuestra mirada está
distraída en las cosas y personas que están a nuestro alrededor, bien porque
nos valoramos a nosotros mismos por las miradas y juicios que han hecho los
demás.
San Pablo nos brinda uno de los argumentos más convincentes sobre la inhabitación de Dios en cada uno de los creyentes que han vivido la Pascua de Resurrección: Gálatas 2:20 Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.

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