MI LUGAR HASTA DONDE LA INSPIRACIÓN ME GUÍE

 



Desde la antigüedad la inspiración es el movimiento que arrastra a los poetas, a los músicos o a los pintores y hasta a los jefes políticos. De ahí que la palabra llegó a designar, más específicamente y sobre todo a través de los judíos de lengua griega, el soplo divino que mueve el alma, el pensamiento y el acto del escritor sagrado.

En el mundo antiguo, oriental o griego, no es rara ni mucho menos la creencia en unas revelaciones divinas transmitidas a los hombres por medio de unos personajes inspirados. El Egipto antiguo atribuía sus «santas escrituras» al dios escribano Thot, precursor de Hermes. Y sabemos la importancia del hijo de Marduk, el dios babilonio Nabû, el escriba de los dioses, que tiene como instrumento y emblema la pluma. Es sin embargo en Grecia donde la idea de inspiración encontró su terreno predilecto. La Odisea comienza con esta invocación: «¡Oh musas!, dime…, diosa nacida de Zeus, cuenta esas aventuras…». Y la Iliada se abre con estas palabras: «Canta, diosa, la colera del hijo de Peleo…»

En Platón, este concepto recibió un brillante esplendor bajo dos aspectos: «posesión» y «soplo» divinos. Se dice de Ión que fue un buen rapsoda porque lo movía una «potencia divina». Si los buenos poetas se distinguen de los malos no es «por motivos artísticos, sino porque «hay en ellos un dios que los posee». Están llenos de la divinidad, cuya personalidad se ha apoderado realmente de la suya; sin esa operación, no podrían ciertamente llevar a cabo su obra (Ión, 533d). No basta el conocimiento técnico para hacer un verdadero poeta; el poeta deberá estar «inspirado», recibiendo «un don divino por medio de un delirio», una real «posesión» que «proviene de las musas» (Fedro 244). También los hombres políticos están inspirados; por eso son llamados «divinos», lo mismo que los «que dicen oráculos y los profetas». «Inspirados por el soplo del dios que los posee», son capaces de llevar a cabo con éxito innumerables empresas sin tener la ciencia requerida para ello (Menón, 99c).

Así, pues, la «posesión» divina es en Grecia y especialmente en Platón el criterio único de autenticidad de las actividades y funciones que, en la ciudad, se distinguen por su creatividad, tanto si se trata del arte poético como de la ciencia de gobernar.

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