GENTE QUE VIVE DESDE LA FE

 



 

Respecto a Dios, la única relación digna con Él es la fe. Esto es posible porque Dios es veraz y su gloria es que tengamos vida, y vida en abundancia; y sobre todo porque, nuestro corazón está hecho para Él, y sólo en Él encuentra su descanso. En definitiva: “nos podemos entregar confiadamente a él porque quiere y puede hacernos felices, porque él es nuestro bien y se entrega a nosotros incondicionalmente” (Trigo, 2012: 21).

El primer conocimiento que tenemos de Dios es de oídas, las ideas que tenemos de él las hemos recibido de nuestro entorno familiar y cultural. Por eso el primer mandamiento sigue siendo no hacer ídolos y adorarlos. La experiencia cristiana, conforme va avanzando, permite que el creyente se vaya poniendo –cada vez más- en sus manos. Este abandonarse en las manos de Dios causa cierto vértigo, pero otorga al creyente, paz y libertad.

Tener fe en Dios, es tener fe en el Dios de Jesús y en el que compartimos como hermanos en Cristo; y por lo tanto, implica sabernos miembros de una comunidad de hijos e hijas de Dios. Por lo que, tener fe en Dios nos capacita para tener fe en los demás y viceversa.

En los Evangelios aquellos que viven desde la fe en Dios son llamados “pobres con Espíritu”. Todos aquellos “justos” que viven en la esperanza del cumplimiento de la Buena Noticia porque tienen fe de que se cumplirá.

Son personas que hacen algunas oraciones al levantarse y al acostarse, pero pasan el día en compañía de Dios, hablando libremente con él. No pocas veces pasan por experiencias muy duras; y por eso, no raramente, pelean y discuten con Dios, pero no dejan de creer en él.

Ellos saben que Dios no deja de intervenir, que nunca se olvida de sus hijos e hijas, pero también nos da toda la libertad, también está con nosotros libremente. Es un encuentro de amor.

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