UN TIEMPO QUE DESCONOCE LA FE
La figura histórica que aspira
configurar la relación entre personas que han sido engañadas y no pueden creer
en unos u otros es el contrato, tanto el contrato social como el que cada uno
de los individuos suscribe para su provecho.
El contrato –argumenta Trigo,
2012: 24- está basado en la fe de las partes. Según el autor, así era en la
sociedad tradicional, en la que eran pocos los contratos que se realizaban por
escrito y se acordaban ante testigos. Casi todos los contratos se realizaban de
palabra y se basaban, por lo tanto, en la confiabilidad del contratante.
En la actualidad el contrato está
completamente protocolizado, en el no cuentan las posibles intenciones de las
partes; por el contrario, están meticulosamente escritos precisamente porque se
sabe que no puede haber sobreentendidos. Dejar cosas a la buena fe de las
partes es más bien algo no deseable. La relación contractual tiene un carácter
utilitario, funcional o conveniente mientras duren los intereses en común.
Es una relación que excluye el
amor, si por amor entendemos, no un sentimiento cálido, sino querer y buscar el
bien del otro desde el respeto a él. Por eso, el amor no es sólo una relación
con rostro y nombre propio sino igualmente una relación social, con personas
cuyos nombres e incluso cuyos rostros nos son desconocidos.
La fe es la flor del amor. Por
ello, quien ama busca que esta relación de fe empape la relación de familia, de
amigos y compañeros, la relación educativa, las relaciones vecinales y cívicas
y hasta las relaciones económicas y políticas, que están por su misma índole
más protocolizadas.
Así pues, quien vive de la fe
aspira a que se configure cada vez más espacios de la vida pública.
“Desde lo dicho, parece claro que
la fe es el mayor don que uno ha podido recibir en la vida. Un don que no se
suele apreciar como es debido porque como se vive a partir de él, parece algo
natural, algo que forma parte de nuestra forma de entender la vida.
La fe es un don que uno tiene que
agradecer a los padres y las personas que nos han acompañado en nuestra
infancia. Estar interconectados con Dios, los demás, nosotros mismos y nuestro
entorno otorga esa confianza de fondo con la que solemos andar por la vida y
nos posibilita acceder al misterio insondable de la existencia.

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