ENCUENTRO DE LA EDUCACIÓN MORAL Y LA RELIGIÓN

 


En el curso normal de una vida, los supuestos sobre nosotros mismos y el mundo se van formando desde la niñez y se configuran mucho antes de que se produzca la educación moral. Este proceso está influido muchas veces por la religión. Si los padres son religiosos, no va a esperar a que los hijos crezcan para enseñarles las verdades religiosas en las que creen. Por lo tanto, los niños están expuestos a la realidad de la religión mucho antes de que puedan recibir alguna educación ética en el colegio. Y esta realidad implica algunas dimensiones existenciales que influyen en el interés moral de un niño, aunque todavía no haya tenido la correspondiente experiencia.

 

No cambia mucho el que tratemos con personas que han crecido en un ambiente no religioso. Nuestra cultura está impregnada de conceptos y símbolos religiosos que sirven para interpretar los problemas morales, y muchas veces hacemos uso de ellos sin darnos cuenta de que existe una conexión explícita con nuestras creencias o no-creencias religiosas. Todos los símbolos y conceptos no se han creado al azar o arbitrariamente. Proceden de una diversidad de religiones establecidas. Por lo tanto, el desarrollo moral de una persona tiene que hacer frente, más tarde o temprano, a una concepción religiosa establecida.

 

La educación moral y la religión ponen el énfasis en dos intereses diferentes: la acción moral y la persona moralmente buena.

La naturaleza de la acción moral pertenece más a la investigación ética que a la religión. Incluso aquellos que creen literalmente en las sagradas escrituras de su religión admitirían ciertamente que el específico mensaje moral que transmiten las escrituras necesita una interpretación, es decir, una investigación filosófica o, más concretamente, ética. Esto se debe a que gran cantidad de los preceptos instaurados en los orígenes de la religión estaban relacionados con condiciones históricas que no guardan ninguna relación con las actuales.

 

Las religiones se interesan más por la calidad moral de la persona que por reglas abstractas que gobiernen la conducta humana. Como ya he dicho, la discusión acerca de la persona justa fue muy anterior a la discusión sobre la acción justa, una discusión basada en ideas sobre la distribución de los bienes y los derechos políticos. Las religiones ven a los seres humanos como parte de un ámbito del que sus acciones son sólo una parte muy pequeña. El resto es el ámbito de la economía de la salvación. Por lo tanto, la bondad o maldad de una persona no depende tanto de lo que una persona hace. Los criterios que utilizan las religiones para hablar de la bondad o la maldad del ser humano no son, desde luego, éticos. Por ejemplo, cuando vemos las razones por las que Dante envía a algunos de sus personajes al fuego infernal y las razones por las que permite a otros disfrutar de la felicidad eterna no podemos dejar de sorprendernos.

 

Uno puede objetar diciendo que es absurdo separar una cosa de la otra; la buena acción contribuye a la bondad de la persona y la bondad de una persona hace que sea mucho más probable la buena acción. Así pues, existe un vínculo. La objeción es básicamente correcta, pero quedan otras dudas que deben ser resueltas. Si hubiera una estrecha relación entre las dos, sólo las buenas personas podrían actuar justamente y no habría personas que fueran en parte buenas y en parte malas, lo cual es obviamente falso. Debemos admitir que no existe identidad entre las dos cosas sin apoyo mutuo. Si es así, tenemos que entender las diferencias entre ambos. Esta diferencia hace posible un desarrollo moral en el que una persona y sus actos llegan a ajustarse entre sí.


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