QUINTA CLAVE: LA ORACIÓN ES LA FUERZA ESPIRITUAL

 

Comunidad Mons. Montes de Oca, Valencia


La oración es la fuerza espiritual que poseemos para vencer las tentaciones. Por eso afirmaba el santo que quien no sabe hacer oración es como un hombre que se encuentra desarmado, a quien pueden herirle por todas partes (EP 2974). Toda persona ha de encontrarse con la tentación y el vértigo que produce mal. Sentir esa embestida es saberse partícipe de la condición humana y conocer que aún se encuentra en camino. Sólo cuando Dios sea todo en todos habrá desaparecido la ilusión que produce mal, y no tendrá sitio allá donde todo será carne resucitada, carne convertida, carne a semejanza de la del Hijo de Dios, ya sin pecado. Porque la tentación no nos viene tanto de fuera sino de dentro y es como el eco que sentimos en nosotros ante las insinuaciones del mal externo.

Así describe Nuestro Padre Calasanz la oración del escolapio. Una oración que ha de ser vida y acción; una oración que es garantía de fidelidad dentro de la vida religiosa; una oración que es conversión del corazón y dejarse en las manos del Padre para que haga lo que quiere; una oración que alimenta la vida, que ayuda en las tentaciones, que es paz, luz, alegría y una oración que apoyada en los niños se eleva más fuerte hasta el trono del Omnipotente.

Llamamos en estos momentos “oración escolapia” la que realiza el escolapio a una con los niños, y de ella afirmamos su fuerza insuperable. A Nuestro Padre Calasanz le gustaba que los escolares rezaran y suplicaran a Dios por los diversos argumentos. Las cartas abundan en recomendaciones del Fundador para que los religiosos encomienden las más diferentes intenciones junto con los niños al Padre de todos. Sirva de ejemplo esta carta dirigida al P. Cherubini que se encontraba en Ancona: “Me agradaría que hiciera rezar a los estudiantes en la iglesia, mañana y tarde, ocho o diez cada vez, encomendando al Señor algunos graves problemas del Instituto. Si tienen reservado el Santísimo, con la puerta del sagrario abierta y algunas velas encendidas. Cuando no haya tal comodidad, háganlo en la iglesia según costumbre.

 

Ver Asiaín, Miguel (1979) La experiencia religiosa de Calasanz, pp. 199-200

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