LA ORACIÓN DE LA MAÑANA Y LA TARDE EN LA COMUNIDAD ESCOLAPIA

 

Icono San José de Calasanz

Capilla de la Comunidad Mons. Montes de Oca, Valencia



San José de Calasanz y sus primeros compañeros de la Congregación secular de las Escuelas Pías se dotaron en 1604 de un proyecto de vida sintetizado en el horario cotidiano que se conserva manuscrito. De las veinticuatro horas del día dedicaban cinco a las escuelas, tres al estudio y preparación personal, y tres horas y cuarto a la oración, de las que una y media eran para la meditación y más de otra la empleaban en rezar comunitariamente la mayoría de las horas del oficio divino. Esta costumbre desapareció cuando el proyecto comunitaria varió al integrarse la obra de San Pantaleo en la Congregación Luquesa y más tarde al erigirse la Congregación Paulina. Los ritmos y oraciones de los clérigos regulares eran más “modernos” que los de los monjes y el breviario debían rezarlo los sacerdotes como obligación individual.

En tres siglos no se sintió la necesidad de variar nuestro esquema de oración comunitaria. Sólo al terminar el primer tercio del siglo XX se redujo a la mitad el tiempo comunitario dedicado a la oración mental, y al terminar el segundo tercio surgió la propuesta de sustituir el salmo de la mañana y los de la tarde por el rezo litúrgico de Laudes y Vísperas, respectivamente. Habían llegado hasta nosotros los aires de la renovación litúrgica que cristalizarían poco después en el Vaticano II.

La meditación de la Palabra y la oración de los salmos siempre han ido íntimamente unidas. Los salmos son la respuesta con sentimientos humanos al mensaje trascendente divino, respuesta modulada de maneras muy distintas según las situaciones existenciales e históricas que se viven. El orante que acoge la Palabra en la comunidad eclesial se identifica en su respuesta, según las circunstancias, con un enfermo desahuciado, con un exiliado o un anciano, con un inocente acusado injustamente o un justo perseguido, con una persona vacilante o tentada, con un hombre enamorado y alegre o con uno deprimido o angustiado, con el que contempla las maravillas de la creación o con quien reclama justicia contra los violentos u opresores, con el creyente que recuerda la historia de la salvación y agradece la actuación de Dios…. El orante se identifica sobre todo con Cristo que ora por y con la humanidad que vive todas estas circunstancias. El salterio ha sido desde siempre la primera escuela de oración de la Iglesia y manantial de su espiritualidad.

 

Tomado de: Josep A. Miró. Plegaria de Laudes y Vísperas en la Comunidad Escolapia, ICCE, Madrid, 2005

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