Redescubrimiento de la Esperanza

 En el lenguaje común esperanza significa un evento deseable o favorable; un anhelo más o menos justificado. El término indica tensión hacia perspectivas vagas de felicidad o de bien; indica una condición confiada de incitación o de consoladora confianza (infundir esperanza, abrir el corazón a la esperanza); una confiada y optimista convicción (la esperanza de vencer, de lograr, que todo se arregle); o un complejo mundo de ambiciones y de proyectos para el futuro (reponer en una persona o en una cosa las propias esperanzas). Por lo tanto, en sentido objetivo, el término “esperanza” indica siempre perspectivas o eventualidades favorables.

La esperanza es un estar atento en todo momento a lo que nace, a lo que todavía no es; es una actividad intensa, pero todavía no consumada. A ella se empalma la fe como convicción de la posibilidad todavía no demostrada de lo que todavía no es, como certeza de lo incierto (Zavalloni: 1995:11)

Como refiere Ferrater Mora (2001) El concepto de esperanza ha sido tratado por teólogos (especialmente teólogos cristianos) con más frecuencia que por filósofos. Salvo Heráclito, la esperanza no fue tema de especulación en la filosofía griega clásica, considerada un consuelo. Para la filosofía cristiana, la esperanza es una confianza, un acto positivo que pone al hombre en camino hacia el Reino de Dios. A partir de san Agustín, y en gran parte por su influencia, se consideró la esperanza una virtud relativa a un bien personal. Posteriormente, este carácter personal fue integrado por Tomás de Aquino en una concepción comunitaria (relativa a una comunidad de personas que viven en expectación del Reinado de Dios, es decir, en expectación de la «posesión de Dios».

Los teólogos y filósofos medievales trataron a menudo de la esperanza como virtud teologal. La esperanza era concebida como una virtud infusa.

Para Tomás de Aquino la esperanza es una pasión del apetito irascible. El objeto de la misma debe tener en cuenta cuatro condiciones (cfr. Martínez, 2003: 315):

  • Primera, que sea un bien; pues propiamente hablando, no hay esperanza sino del bien. En esto difiere la esperanza del temor, cuyo objeto es el mal.
  • Segundo, que sea futuro, porque la esperanza no se refiere al bien presente ya poseído. En esto se deferencia del gozo, que se refiere al bien presente.
  • Tercero, que sea algo arduo y de difícil adquisición, pues nadie se dice que espera una cosa mínima y que está en su poder conseguir inmediatamente. En esto difiere la esperanza del deseo o anhelo, que se refiere al bien futuro en absoluto, y por lo mismo pertenece al concupiscible, mientras que la esperanza pertenece al irascible.
  • Cuarta, que ese objeto arduo sea posible obtener, porque nadie espera lo que no puede conseguir de ninguna manera. En esto difiere la esperanza de la desesperación (I-II 40, 1)

Escallada (S.T. II-II 1990: 150) Para comprender mejor el pensamiento del Aquinate será necesario tomar en cuenta la polisemia del término esperanza. A veces será el acto de esperar; otras, el hábito; aquello que se espera o el motivo de esperar; la pasión o la virtud; el simple deseo o el efecto de la esperanza.

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