Esperanza, el hombre reconciliado

 Según Bloch el hombre está alienado porque todavía no se ha realizado, porque todavía no se ha reconciliado plenamente consigo mismo, con el mundo y para con los otros. El aspira a la identidad, o sea, a superar toda alienación a través del dominio de la naturaleza y en plena socialización, es decir, en la plena coincidencia de él para consigo mismo, con la naturaleza y el mundo. La patria de la identidad será el regnum humanum, es decir, el cumplimiento total del hombre en la plenitud inmanente del mundo (Zavalloni: 1995: 11).

Sin embargo, el extravío del progreso humano, comenta Torres, A (2005a: 178) hace que la pregunta sobre la esperanza siga viva. Incluso, un autor como Adorno (Dialéctica Negativa, 1966: 24) manifiesta que  “la esperanza en una reconciliación es la compañera del pensamiento irreconciliable”

Por otra parte, el mismo Torres, A (2005b: 229) considera que para orientar la reflexión sobre la esperanza conviene cambiar de perspectiva, ya que la historia de la salvación, “tal como ha llegado hasta nosotros, se presenta apoyada en un esquema, incrustado en la teología, en la predicación y en la liturgia por siglos de repetición, que hoy amenaza con deformar –me atrevería a decir con “envenenar”– su intención más genuina y su significado más profundo. Me refiero al esquema que para describir la historia de la salvación establece la secuencia paraíso-caída-castigo-redención-gloria.

Según Torres (ídem) “ese esquema, que pudo tener su plausibilidad mientras permanecía en el seno cálido de la imaginación mítica o todavía bajo su influjo, tiene efectos devastadores cuando se entra en el mundo secularizado y se expone al examen de la racionalidad crítica”.

Torres, A (2005b: 229-230) En concreto, al analizar la estructura básica que corresponde a la esperanza cristiana, es evidente que de ese modo queda amenazada la pureza de la misma. Al introducirse una deformación tan profunda en la imagen de Dios, que es su apoyo fundamental y decisivo, se oscurece su claridad luminosa y salvadora; no en el sentido de que la esperanza quedase totalmente oscurecida y, mucho menos, anulada, pues el instinto de la fe y la lógica profunda de la visión bíblica de Dios lograron siempre salvar lo fundamental. Pero no cabe negar que la serpiente de la sospecha logró también introducir dudas y sombras con la imagen de un “dios” justiciero, que manda o permite el mal, que amenaza con el castigo y que dio origen a lo que Delumeau llamó la “pastoral del miedo”, basada en el temor y no en la esperanza.

Torres, A (2005b: 229-236) Sería injusto no apreciar los valores que esta concentración cristológica aportó a la vida religiosa de Occidente, tanto por la hondura de su penetración en el misterio de Cristo, como por la luz y el coraje que proporcionó para asumir religiosamente nuestra contradicción antropológica (cfr. Rm 7). Pero hoy resulta imposible no apreciar también la profunda “mitologización” que de ese modo se operó en el misterio redentor. No sólo, con ser grave, por el esquema que interpreta la encarnación como bajada del cielo, estancia en la Tierra y vuelta al Cielo; sino, sobre todo, porque tiende a sustraerla del proceso creador, convirtiéndola en una irrupción sobre-naturalista que se superpone a él. De suerte que la “nueva creación” no aparece como la creación divina renovada, sino que tiende a autonomizarse como una creación “otra”, que niega o al menos se ignora la anterior.

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