Nivel de la transformación social de la esperanza humana

 Las elecciones y los proyectos tienen un significado si el hombre tiene delante de sí buenas perspectivas, que sean realizables y que permitan afirmarse mayormente hacia el futuro. Realizándose libremente, el hombre encuentra su ámbito concreto de empeño en la responsabilidad categorial de la transformación del mundo, que asume, por lo tanto, delante de sus ojos un valor no por lo que es en su materialidad, sino por lo que puede llegar a ser en un proceso de humanización (Zavalloni: 1995: 14)

En el artículo 4 de la Cuestión sobre la esperanza se encuentra un problema que modernamente ha adquirido nuevo interés: la dimensión social o comunitaria de la esperanza (Lumen Gentium 9.48-50). En el acto de esperar no está el hombre solo consigo mismo. Y esto en un doble sentido. Primero, porque lo esperado, el buen que constituye el objeto de la esperanza, es un bien compartido. Y segundo, porque la existencia de quien espera es en todo momento coexistencia. Con relación a esto último, o sea al sujeto comunitario de la esperanza Sto. Tomás distingue dos situaciones: la de los viadores y la de los bienaventurados. Los viadores sí esperan para los demás porque son una misma cosa con ellos y esperan el mismo bien. Los bienaventurados también esperan para aquellos que todavía están en camino, pero esta esperanza no puede calificarse en sentido estricto de teologal, porque la virtud teologal es persona y el bienaventurado no posee ya la esperanza, al haber alcanzado la gloria, como antes hemos indicado (De Spe 4 y ad 4.5). En todo caso, los bienaventurados saben y sienten que el Cuerpo de Cristo no está completo mientras la Iglesia siga peregrinando aquí en la tierra (Gelabert, 2008: 444)

La sexta dimensión de la esperanza, según Polo, es la cooperación:

Conviene notar que la tarea esperanzada es imposible si se pretende afrontar en estricta soledad. El hombre aislado no puedo llegar a un futuro mejor precisamente porque no tiene todos los recursos. Por tanto, la aventura de la esperanza no se puede acometer si no se cuenta con la ayuda de los demás. Esa ayuda reside, sobre todo, en la cooperación. Por consiguiente, la tarea esperanzada no se puede emprender si el futuro no es común, y ello comporta el carácter común del bien que se pretende. El trabajar en régimen de esperanza, el existir abierto a horizontes nuevos, es un carácter del ser humano que se desarrolla de modo comunitario, es decir, de acuerdo con el valor convocante de la esperanza. Este valor tiene un especial interés para la moral (Esperanza, 1998: 160).

Comenta Polo (2010) al referirse a la organización de los medios en orden al fin:

Tomás de Aquino dice que la unidad del fin requiere tres elementos. En primer lugar, la distinción con conveniencia —la homogeneidad no es propia de la práctica humana—. La desaparición de la conveniencia reside en el aislamiento de los medios o en la relación conflictiva entre ellos. En segundo lugar, para la unidad del fin, hace falta la cooperación. En tercer lugar, como es obvio, se precisa que el fin sea de suyo uno.

Para continuar señalando que:

La cooperación es central; siempre ha existido, porque en otro caso el orden social no existiría. Incluso un ermitaño, que lleva muy lejos la dis tinción con conveniencia, no vive en condiciones de aislamiento puro, sino que, a su manera, es un cooperante y contribuye a mantener el acto de in tentio en la sociedad. La cooperación, la interrelación humana, no se pier de aunque algunos elijan el monaquismo, el cual, por lo demás, tiene ca rácter excepcional. Dentro de la Iglesia Católica, el monje cumple la fun ción de testigo escatológico, y no rompe la cooperación (La esencia de la persona, p. 156)

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