La esperanza, imprescindible para la vida moral

 Ahora bien, aunque la esperanza es una virtud imprescindible para la vida moral, esto no significa que sea más importante que el amor, aunque sí es cierto que sin ella probablemente llegáramos a perder el objeto mismo del amor. La esperanza respeta nuestra condición de viandantes, somos peregrinos en camino hacia una promesa que intuimos pero que no poseemos. Es la virtud que nos asegura la posibilidad de alcanzar algo que se nos ha prometido, aunque sea difícil de lograr. Escribe Josef Pieper: “La virtud de la esperanza es la virtud primaria correspondiente al status viatoris; es la auténtica virtud del “aún no” (1980: 375). Según Piper, la esperanza nos estimula hacia nuestra más alta posibilidad. Como virtud, la esperanza fija nuestra atención en lo mejor que puede pasarnos: nuestra plena asimilación a Dios, la única perfección genuina y adecuada a nuestra debilidad.

Álvarez (mercaba.org) nos ofrece las diferentes concepciones que podemos encontrar de la esperanza de acuerdo a los paradigmas filosóficos que manejemos:

a) Los modelos de base. Todo modelo ético tiene en su base un correspondiente modelo antropológico, el cual, a su vez, introduce una concepción específica de la esperanza. El discurso sobre el modelo-hombre y sobre el concepto-esperanza se corresponden intrínsecamente. En efecto, el hombre es inquietud radical, tensión hacia la perfección de su ser y, por tanto, se autocomprende necesariamente como proyecto de futuro. Pero, según sea el modelo antropológico -materialista o trascendente-, el futuro de la esperanza será de orden intrahistórico o metahistórico. De tipo materialista es, por ejemplo, el modelo subyacente a la propuesta en cierto modo pionera hecha por E. Bloch con El principio esperanza. Por el contrario, a un modelo trascendente se refieren los representantes de la «teología de la esperanza» (J Moltmann) y de la «teología política» (J. B. Metz).

En las propuestas de estos autores  hay puntos de un significado ético innegable, tanto a nivel individual como comunitario, como la tensión radical del hombre hacia la consecución de una plena armonía consigo mismo y con el mundo transformado por él (Bloch), la función propulsora y comprometedora de la escatología (Moltmann), la necesidad de «desprivatizar» la esperanza y de resaltar el papel «crítico» de la Iglesia ante las estructuras históricas (Metz). Junto a estos puntos positivos se encuentran, sin embargo, otros que no pueden ser fácilmente asumidos por una interpretación integral de la fe, como el inmanentismo radical (Bloch), el extremismo teológico, que pretende basar «sólo» en la escatología todo el dinamismo ético cristiano, con el riesgo de transformar la acción de la esperanza en algo puramente extrínseco (Moltmann), o finalmente el reduccionismo negativo de la esperanza, que, para evitar el peligro de pretensiones políticas por parte de la Iglesia, quiere reducir su compromiso ético a la función «crítica» (Metz).

b) La propuesta ética de la esperanza  cristiana. Si, por una parte, es necesario excluir los extremismos de carácter englobante, también es evidente la necesidad de devolver a la esperanza el papel esencial que le corresponde en la configuración de la moral cristiana.

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