La esperanza: una mediación entre el amor y el gozo
Si observamos cuidadosamente el orden de las emociones, la esperanza se encuentra en medio camino entre el amor y el gozo. Tomás nos explica que, en cierto modo, la esperanza conecta el inicio de la vida moral en el amor con su fin en el gozo. Es por tanto, el vínculo entre el amor y la alegría, porque nuestro amor a menudo se mantiene vivo y progresa hacia la plenitud gracias a la esperanza. Por eso, en algunos momentos de la vida, la esperanza llega a ser más vital que el amor, ya que, aunque es este el que faculta a la esperanza, solo progresa hacia el placer por medio de ella. Al principio hemos creído en un amor que es la causa de nuestra esperanza, pero a veces es ella misma la que mantiene vivo al amor; al menos, es la que nos convence de que dicho amor no quedará defraudado. Para profundizar en esta línea de argumentación ver: Wadell, Paul (2002) La primacía del amor. Una introducción a la ética de Tomás de Aquino, p. 180.
En
otra línea de pensamiento, Lain Estralgo (1957) nos ofrece siete ideas que
podríamos incluir en este aspecto, relativas a la relación esperanza-pasión en
el planteamiento de Tomás de Aquino, las cuales reduce a estos escuetos
enunciados: esperanza y posibilidad, esperanza y tiempo, esperanza y confianza,
esperanza y angustia, esperanza y amor, esperanza y experiencia, esperanza y
desesperación.
1.
Esperanza y posibilidad (I-II, q.40). La
posibilidad del objeto hacia el cual tiende el movimiento apetitivo es esencial
para que ese movimiento pueda ser llamado esperanza. No se espera sino lo
posible: en ello radica, como hemos visto, la diferencia entre la esperanza y
la desesperación (ver pp. 82-84)
2.
Esperanza y tiempo. Por tres vías descubre Santo Tomás la relación entre la
esperanza y la memoria. En su análisis de la delectación humana, entendida como
“unión con el bien”, aísla tres grados distintos en el deleite (I-II, q.32,
a.3). Al mismo hallazgo le conduce la cuestión de la esperanza natural en los
jóvenes (I-II, q.40, a.6) ya que la teologal no puede ser negada a los viejos;
y en relación con aquélla, de nuevo descubre y expone la continuidad dinámica
entre la esperanza y la memoria. La vida anímica del hombre llega en el tiempo
hasta donde alcanza la doble distensión de su existencia desde cada uno de sus
“presentes”: la distensión hacia el pretérito, a favor de la memoria, le lleva
hasta el primer despertar de la conciencia, y aún más allá; la distensión hacia
el futuro, obra de la esperanza, le sitúa proyectivamente en el límite postrero
de las posibilidades de existir en que confía (p. 85). Lo que la esperanza es
para las cosas futuras, eso es la memoria para las pretéritas (Cuestiones
disputadas a.1)
3.
Esperanza y confianza. Como pasión del apetito sensitivo, la esperanza se
apoya en la confianza (fiducia), mas
no se confunde con ella. El hombre, explica Santo Tomás, cree que llegará a
conseguir aquello que desea y estima alcanzable; y esa fe, esa suerte de conocimiento
previo y anticipador, determina en el apetito el movimiento denominado
“confianza” (I-II, q.40, a.3). La confianza es, según esto, su sutil eslabón
interpuesto entre la creencia y la esperanza (II-II, q.129, a.6 y 7).
4.
Esperanza y angustia. Por otra parte, tener seguro el bien que se espera no
es esperanza, sino “presunción”: la seguridad “más parece oponerse al temor que
pertenecer a la esperanza” (I-II, q.40, a.8). De lo cual se sigue que en el
seno mismo de la esperanza late siempre, por necesidad ineludible, una fina
veta del sentimiento de inseguridad que Santo Tomás llama anxietas o angustia. La
ansiedad y la angustia son, pues, sentimientos que atañen a la relación del
hombre con su futuro.
5.
Esperanza y amor. ¿Existe alguna relación entre la esperanza y el amor? A
esta delicada interrogación da santo Tomás una respuesta positiva y doble. La
relación entre la esperanza y el amor es recíproca: hay casos en que el amor
engendra esperanza; hay otros en que la esperanza es causa de amor. (I-II, q.25,
a.4: ex amore spes; q.40, a.7: amor ex spe) (ver p. 88)
6. Esperanza y experiencia. Puesto que el objeto de la esperanza es un bien futuro, arduo y posible, y puesto que la experiencia logra hacer posibles empresas futuras que sin ella no lo serían, hay ocasiones en que la experiencia aumenta la esperanza. Más también puede acontecer lo contrario, a saber, que la experiencia nos haga ver la real imposibilidad de algo en cuya posibilidad ligera y animosamente se creyó, con lo cual aquélla vendrá a reducir el ámbito de la esperanza terrena. Tal es el caso de los viejos (I-II, q.40, a.5). En definitiva, la experiencia acrisola la esperanza natural.
7. Esperanza y desesperación. La pasión contraria a la esperanza recibe el nombre de desesperación, y consiste en un impotente gesto de retracción del ánimo frente a un bien vehementemente deseado, arduo e imposible. El movimiento de avance entusiasta hacia el bien posible, propio de la esperanza, se trueca, en la desesperación, en movimiento de retirada y derrota frente al bien inconquistable (I-II, q.40, a.4); el gozo se hace temor y angustia, porque al alma parece cerrársele el futuro (I-II, q.35, a.8); la confianza se transforma en pesadumbre y ansiedad (I-II, q.37, a.2). La desesperación es la pasión de las almas frente a un porvenir real o aparentemente impenetrable e indominable (p. 89).
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