La magnanimidad (I)
El valor de la esperanza está en proporción con el bien que se puede perder por la desesperación, ya que, cuanto más grande es la promesa, tanto más mortífera es la desesperación. Como hemos mencionado antes, la ética de Tomás es magnánima, una visión de la vida moral que nos llama a nuestra posibilidad más prometedora. Pieper define la magnanimidad como “la extensión del ánimo hacia las grandes cosas”, y añade que “Tiene magnanimidad el que se exige lo grande y se dignifica con ello. La magnanimidad… se decide siempre por la más grande posibilidad del poder ser” (1980: 378). Una persona magnánima tiene hambre de las más grandes y nobles posibilidades; tiene sed de lo mejor. La magnanimidad es un sello de la ética tomista por lo que resulta ser una teoría sobre moral que tiene por objeto lo que es mejor para nosotros y se niega, a pesar de todos los obstáculos y desilusiones, a hacer mezquina su visión de aquello a lo que Dios nos capacita y nos llama a ser. Tomás sabe que, para llegar a la plenitud tenemos que arriesgarnos por algo grandioso
Según
Aristóteles la verdadera grandeza del hombre, consiste en la posesión de la
virtud, ha de armonizarse con la posesión de aquello que constituye la suma
grandeza del mundo: el honor, premio social de la virtud. Es, pues, magnánimo,
el hombre que se siente digno del honor que su virtud merece, cuanto uno y otra
son altos, y que a la vez domina ese honor y el mundo entero, ya en forma de
posesión condescendiente, en las épocas de prosperidad, ya como sereno
menosprecio, en las situaciones adversas (pp. 92-93)
1. La
magnanimidad es virtud moral. Una de
las virtudes que ordenan racionalmente –hacia el verdadero bien y con la
intensidad y la firmeza debidas- las pasiones y las operaciones del hombre.
Pero una misma virtud moral puede ser adquirida o infusa. Hay, pues, una
magnanimidad adquirida, la del hombre que ha aprendido a proponerse las más
altas y esforzadas empresas a que sus fuerzas lleguen, y una magnanimidad
infusa, la del cristiano a quien la fe, la esperanza y la caridad mueven a la
gran hazaña de conquistar con sus acciones personales el reino de Dios. Ambas
son específicamente distintas entre sí (I-II, q.63, a.4) pero en modo alguno
incompatibles (p. 94).
2. La
magnanimidad adquirida es a la vez parte integral y parte potencia de la
fortaleza. En sentido lato, la
fortaleza es la virtud de sostenerse firmemente en lo que es de razón (I-II,
q.61, a.2); en sentido más estricto y eminente, la de afrontar con firmeza y
serenidad los peligros de muerte, es decir, las situaciones en que la
estabilidad del ánimo se halla más gravemente amenazada (I-II, q.61, a.3). Pues
bien, cuando la fortaleza se ejercita arrostrando combativamente un peligro de
muerte –su materia más alta y propia-, la magnanimidad es parte integral suya,
porque, en tal caso, sin magnanimidad no habría fortaleza; mas cuando la
fortaleza se pone en acto en coyunturas menos graves, entonces la magnanimidad
es parte potencial de la virtud cardinal a que pertenece, puesto que hace lo
mismo que ella de modo más tenue y secundario (II-II, q.128, a.1 y q.129, a.5).
Con otras palabras: frente a las situaciones que comportan peligro de muerte,
la fortaleza exige magnanimidad… (pp. 94-95).
3. El
magnánimo busca ante todo la grandeza y la perfección de sí mismo. La grandes de las hazañas intentadas es el “fin” de la
magnanimidad; el honor que ellas procuran su “materia” (II-II, q.129, a.8 y
q.131, a.2) (p. 95).
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