La magnanimidad II
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Otros aspectos que podemos considerar con respecto a la magnanimidad son los siguientes: - La magnanimidad es a la vez parte integral de la fortaleza, cuando ésta ha de afrontar peligros de muerte, y virtud moral de la pasión de la esperanza. Ello implica dos graves consecuencias, en orden a la psicología del esperar humano. Mirada desde el plano de la vida moral, la esperanza, pasión del apetito irascible, se humaniza en cuanto constituye uno de los supuestos psicológicos de la fortaleza; la esperanza se hace humana ofreciendo al fuerte un futuro incitante, y el fuerte llega a serlo porque –entre otras cosas- sabe esperar. Lo cual nos hace concluir, y ésta es la segunda consecuencia, que la esperanza no llegará a ser un movimiento del ánimo verdaderamente humano, mientras no posea la capacidad de extenderse hacia el logro de bienes que merezcan racionalmente el riesgo de morir (pp. 96)
- La relación entre la magnanimidad adquirida y la esperanza nos permite referir a ésta los diversos vicios que se oponen a la grandeza del alma. La presunción, opuesta por exceso a la magnanimidad, consiste en esperar bienes a los cuales no pueden alcanzar las fuerzas del que espera; es decir, en aspirar mediante los recursos propios, lo que por su índole requiere confianza en el auxilio ajeno: es, pues, la esperanza inmoderada de los débiles que por vanidad o por orgullo se creen fuertes. Contraria a ella, la pusilanimidad se manifiesta como una esperanza deficiente: es una falsa desesperación, bien por ignorancia culpable de las propias fuerzas, bien por entrega viciosa a los goces de la concupiscencia, frente a bienes que uno podría legítimamente esperar. La vanagloria y la ambición, en fin, consisten en esperar y buscar honores que no se merecen o que corresponden a excelencias que no se poseen (II-II, q.131 y 132). Frente al presuntuoso, el pusilánime, al ambicioso y al vano, el magnánimo es el hombre que sabe esperar de un modo a la vez entusiasta, confiado y racional (p. 96)
- La magnanimidad infusa: Sobre la magnanimidad adquirida se halla, la magnanimidad infusa, procedente de la gracia mas no equiparable a la virtud teologal de la esperanza. Las virtudes teologales ordenan inmediatamente a Dios la realidad humana; las virtudes morales infusas tienen su término inmediato en las criaturas, aun cuando, por obra de la caridad, estén inmediatamente ordenadas a Dios, fin sobrenatural del hombre (I-II, q.63, a.2). No escapa la magnanimidad infusa a esta regla. En cuanto virtud moral, tiene como objeto propio la perfección y la grandeza de quien la posee; en cuanto virtud infusa, esa perfección y esa grandeza están orientadas hacia Dios; y así, el hombre magnánimo, razonablemente confiando en sí mismo, acierta a poner sus esperanzas humanas bajo la mano omnipotente de Dios (II-II, q.128, a.1) (pp. 96-97)
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